O es el nombre de uno de los más exitosos espectáculos circenses en Las Vegas, pero también es uno de los tantos apodos que le puse a la más reciente mascota de los Vega. Ofelia se llamaba la gatita de más de 11 años que vivía con mis papás. Sé que hay mucha gente que ni siquiera se detendría a pensar en la vida y muerte de una gata. Yo no soy esa gente.
Todo comenzó si mal no recuerdo en octubre de 1996. Mi prima Beatriz viajaría a Colombia y necesitaba que alguien le cuidara a su gatita de dos meses a la cual le puso el nombre de Ofelia. Nadie sabe el porqué del nombre. Yo siempre he querido pensar que es en honor al personaje esquizofrénico-suicida en la obra Hamlet (aquélla novia del protagonista que después de algunas actitudes bastante raras se echa al río para morir) pero quizá eso se deba solamente a mi inclinación por lo teatral. Mi prima jamás reclamó a su mascota y como poco antes habíamos perdido a Silvestrito de una horrible leucemia gatuna, el acuerdo se cerró inmediatamente y con mucho entusiasmo.
Cómo no habíamos de estar contentos si la gata era muy mona. Era una mirruña, con sus ojitos pispiretos y su pelo lindo lindo. Se dormía encima de uno y jugaba con todo lo que se encontraba. Era nuestra primera mascota femenina y rápidamente nos dimos cuenta que las hembras son mucho más limpias que los machos. En fin, todo era bueno hasta que un dia comenzaron las historias verdaderas, su yo interior salió a la luz y comprobé un poco de lo esquizofrénico que quizá la gatita sacó de su nombre.
Un día estaba cambiándome de ropa porque iba a salir con unos amigos, tenía puestas unas pantuflas tipo tejidas (bastante feitas por cierto, las había olvidado, iac) y por alguna razón tuve que ir corriendo hacia la cocina. Cuando la O me ve pasar, se eriza y toda extraña da unos brinquitos hacia un lado, empieza a hacer sonidos agudos y se le ve en la cara una especie de furia y susto a la vez. Qué espanto! Yo me paralicé y le llamé a mi mamá. Ella también se paralizó. No sabíamos cómo reaccionar y lo único que pude hacer fue encerrarme en mi cuarto y no dejarla pasar, quizá así se tranquilizaría y todo volvería a la normalidad. No fue así, todo empeoró. Yo, en mi cuarto sin querer salir por tenerle miedo a mi gatita. Lo más raro del asunto es que la gata no estaba furiosa con nadie más que conmigo, a mi mamá no le hacía sonidos agudos ni se le acercaba siquiera pero a mi me odiaba, incluso si me veía por la ventanita de la puerta del balcón hacia mi recámara saltaba y maullaba como loca, se azotaba. Wow! esta gata es el demonio, pensé. Vamos a tener que deshacernos de ella. Pero después de unos momentos de reflexión, aunque vi la película de mi vida frente a mí cuando la O maullaba con ganas, también pensé en ella, recordé lo que había pasado y concluí que se había llevado el susto de su vida cuando vió pasar esas dos cosas espantosas a toda velocidad. Me refiero a las dos pantuflas tejidas que hacían estática con la alfombra debido a la carrera hacia la cocina. Por supuesto es difícil de creer pero de vez en cuando hay que ponerse en el lugar de los animalitos que viven en tu casa. Todo es maaás grande para ellos, todo se acentúa cuando caminas a cuatro patas y muy cerca del suelo, no por nada sienten los temblores antes que las personas, dicen. No sé. En ese momento me dio miedo pero después salí de la casa, la gata se tranquilizó y a la mañana siguiente desperté y lo primero que hice fue llamar a mi Ofe para que viniera a dormir conmigo. Y fue como si nada hubiera pasado. Esquizofrénica? Pues los gatos tienen 7 vidas, no? Quizá cada vida tenga su propia personalidad, solo que Ofelia las saca todas a la vez, je.
Ahora por supuesto me río cuando me acuerdo de ese día, sobre todo la parte cuando mi mamá quiso enfrentarla y se puso tres suéteres y una chamarra gorda de mi papá por si acaso la atacaba. Claro que la gata no le hizo el menor caso porque la que la había sacado de onda fui yo. Insisto, mucha gente ha de pensar que los locos somos yo y mi familia por quedarnos con ese monstruo insano. Vuelvo a insistir: yo no soy esa gente.
Después de varios varios varios años me fui de la casa para vivir con mi actual marido y al cabo de unos meses la O olvidó quien era yo y nunca volvió a dormirse en mi regazo. Sin embargo yo era la única de la familia que podía limpiarle las laganillas de los ojos, con nadie más se dejaba. Y por unos años más, antes de que se volviera una diva senil, era yo la única que lograba cortarle las uñas.
Hace 10 meses mis papás, con todo y gata, se mudaron a la hermosísima y tres veces H ciudad de Querétaro, a una casa toda acogedora. La gatilla no lo resistió. Primero el via crucis para meterla en su jaulita de viaje (mi papá por poco y pierde otra vez la mano que hubo salvado hace más de 30 años debido a su accidente). Segundo, la mudanza de los muebles, los ruidos, lo nuevo. Para ella todo acentuado, todo más grande. Siento que es como cuando visité la primaria a la que asistí. Ahora todo me parece minúsculo: las banquitas, el patiecito. Pero no lo percibía así cuando yo misma era minúscula: mis piernitas, mis carita. Todo era normal porque era de mi tamaño, incluso recuerdo a mis maestras todas altotas y ahora veo fotos y muchas de ellas son mas cortas que yo. La perspectiva de las cosas es distintísima cuando el tamaño también lo es. Y no podemos tachar a una mascota de monstruo insano sólo porque ve, percibe y siente las cosas de acuerdo a su dimensión. Pobre O, fue demasiado para ella.
El estrés terminó por acabarla. (?) Su pelo dejó de ser lindo lindo y su ojitos no más pispiretos. También dejó de comer. Suicida? No sé. De todas formas devolvía todo lo que le entraba y sufría, sufría mucho la pobre O. La veterinaria dijo que le salvó el primer paro cardiaco pero al segundo no hubo nada qué hacer. A la una de la mañana del día martes 1 de julio 2008 dejó de existir la primera mascota femenina de los Vega.
Y saben qué? Yo que estoy lejos de mi familia siento un poco como la Ofe: todo lo acentúo. No porque camine a cuatro patas muy cerca del suelo sino porque... ni sé por qué.